Dolor

Don Víctor: ¿Estaría pensando Luis Alberto de Cuenca que el caso de la Magdalena encierra una gran mentira cuando afirmó que “el dolor no enseña nada”?

Don Hugo: El caso es que a la Magdalena aquel dolor le hizo verse bajo una luz nueva que la guió a la santidad, en lugar de abandonarse a la desesperación, como le ocurriera a Judas.

Don Víctor: Acaso Luis Alberto reaccione contra los consuelos tontos que de nada sirven sino para exasperar al doliente, y también contra la moralina de un cristianismo mal entendido por masoquista.

Don Hugo: En realidad el dolor sí enseña. A Buda me remito. Ahora bien, todo es cuestión de proporcionalidad. A partir de un cierto punto, ese dolor se vuelve insostenible y quebranta irremisiblemente todo poder de decisión. En ese caso, el dolor sólo destruye.

Don Víctor: Entonces, podemos concluir que el dolor de la Magdalena sí nos enseña.

Don Hugo: ¡Incluso el escote!

Más allá de Orwell

Don Víctor: Aquí no está, don Hugo. No es de “Cartas luteranas”.

Don Hugo: Lo tengo justamente aquí: está en “Escritos corsarios”.

Don Víctor: ¿Es ahí dónde Pasolini expone su teoría de cómo la nueva izquierda es el caballo de Troya del nuevo capitalismo, más feroz que nunca porque esclaviza las mentes y no sólo los cuerpos, como se limitaba a hacer el clásico?

Don Hugo: Claro. Aparentemente, el ser humano dispone de una libertad impensable, sin ataduras familiares, morales ni sociales, pero detrás de todo ello está la disolución de los lazos comunitarios.

Don Víctor: Sexo libre, pornografía accesible y gratuita, turismo de masas, comida global y barata, cambio de sexo a la carta, modificación del cuerpo mediante el tatuaje, el piercing y la cirugía, suplantación de las ideas por el consumo, adulación de la soberbia individual con supuesta superación de la realidad, banalización de la cultura y destrucción de todo freno al capital.

Don Hugo: Los gestos y modos inicialmente contestatarios acaban inexorablemente convertidos en modas inocuas; el lenguaje expresivo se empobrece hasta ser sustituido por la aséptica y manipuladora jerga técnica.

Don Víctor: Contribuye también a esta merma del ser humano la infantilización que generan la publicidad, los nuevos espectáculos y diversiones, así como el auge del mundo del cotilleo que contamina todos los medios de comunicación y contagia todas las conversaciones.

Don Hugo: ¡Y eso que Pasolini no llegó a conocer las actuales redes sociales!

Don Víctor: Ayer me contaba mi hijo Francisco cómo, por las restricciones a los vehículos antiguos, no puede ya acceder con su furgoneta a las galerías de arte del centro.

Don Hugo: ¡Pues cómo tenga que ir en metro, se va a pasar el día haciendo viajes si sigue con eso de las instalaciones!

Don Víctor: Claro, con el señuelo ecologista, se va afianzando la tiranía anónima de las grandes corporaciones capitalistas. Que las cosas duren poco, en este caso los automóviles, ¡y a seguir consumiendo cada vez más!

Parole

Don Víctor: Ahora, don Hugo, quédese usted ahí, sin moverse, y obsérveme.

Don Hugo: A la orden. No nos hemos llegado hasta Amiens para no resolver esa intrincada cuestión que, según usted, tenemos pendiente.

Don Víctor: ¿Recuerda usted aquella conversación de sobremesa que iniciamos el día de mi ingreso en el Ateneo?

Don Hugo: Claro, si además nos invitó usted por haber sido yo su padrino. Recuerdo que hablamos tanto que a media tarde las señoras se despidieron pretextando una tontería.

Don Víctor: Si trasnochamos y todo, sin poder alcanzar ninguna conclusión.

Don Hugo: Muchas veces me he preguntado por el intríngulis de aquello tan complejo y sutil que usted quería exponerme, pero, como al día siguiente ya no me hizo usted mención del asunto, opté por respetar su silencio durante todos estos años.

Don Víctor: Se lo agradezco sobremanera y de algún modo quiero pagarle su discreción y su paciencia.

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿por qué se pone ahora a corretear siguiendo el trazado del laberinto?

Don Víctor: No se preocupe que, como voy andando y no de rodillas, enseguida acabo, a no ser que me tome un mareo.

Don Hugo: Entonces, vaya más despacio.

Don Víctor: Fue un error desmesurado de cálculo el querer exponerle aquello. Hace tan sólo un par de semanas, al despertar, me acordé del lance y comprendí que habría sido inútil pretender comunicar algo de por sí inefable, perteneciente al mundo de los sentimientos y no al de las ideas.

Don Hugo: De las ideas y, por tanto, de las palabras… pero no corra usted, hombre de Dios, que me va a marear a mí.

Don Víctor: Ahí le duele. Hasta tal punto son quiméricas las rutas que pretendemos abrir a base de abstractas palabras que son precisamente ellas las que nos confunden y extravían, llevándonos por fragosos vericuetos….

Don Hugo: … que no hay quien entienda y que cada vez nos alejan más de la meta.

Don Víctor: Hágase cargo, ahora que he llegado al centro de este dédalo, de qué difícil es, en realidad, el “camino recto” que ha de seguir el cristiano para llegar a la salvación. Una abstracción tan simple como la recta se difracta en esta intrincadísima maraña. ¿De qué nos sirven las palabras?

Don Hugo: Ni lo dijo Platón ni lo dijo Aristóteles. Lo dijo Dalida.

Don Víctor: Sí, con Alain Delon.

Don Hugo y don Víctor (cantando:) Parole, parole, parole

                                                               Parole, parole, parole,

                                                               Parole, parole, parole,

                                                               Et encore des paroles

                                                               Que tu sèmes au vent…

Ahistóricos

Don Hugo: Sí, don Víctor, unos y otros son igualmente ahistóricos, como los subproletarios de Pasolini.

Don Víctor: Claro, pero a diferencia de estos últimos, tanto bohemios como maletillas, por parasitarios que sean, albergan aspiraciones al triunfo.

Don Hugo: Los de Pasolini son fatalistas y los otros, quiméricos.

Don Víctor: Sí, la poética de la supervivencia frente a la poética del ideal. Lo que va de la noche al día.

Don Hugo: Cuando, excepcionalmente, se alcanza la fortuna, los agraciados, indefectiblemente, abandonan la sombra y se integran en el engranaje social. Pasan de desposeídos a propietarios.

Don Víctor: Claro, es dejar de vivir al día a asegurarse un futuro.

Don Hugo: Los de Pasolini viven anclados en el principio de placer; serán siempre seres primarios, mientras que los triunfadores exbohemios y exmaletillas se acomodan al principio de realidad, que es lo civilizatorio por excelencia.

Don Víctor: Algo, no obstante, les queda a veces. Recuerde cómo el Gallo encendía sus puros habanos con un billete de cien pesetas de las de entonces.

Don Hugo: ¡Y gracias a que Belmonte se erigió en su administrador!

Don Víctor: ¡Tutor, tutor!

Don Hugo: A la hora de dilucidar cuándo y cómo se le daba su asignación, se descartó que fuera mensual pues el día 2 ya no le quedaría nada. ¿Semanal? ¡Tampoco! El martes pasaría hambre. Bien, pues diaria. ¡De ninguna manera! A la una de la tarde, andaría ya dando sablazos. Así es que: una mitad al mediodía y la otra, a las seis.

A la última

Don Víctor: La última de Cuenca, don Hugo… Escuche bien, que la cosa no tiene desperdicio: “A mí, aunque sea de izquierdas, me gustan los toros”.

Don Hugo: Desde luego, Cuenca es un tío de lo más sensible.

Don Víctor: Pero, ¿qué me dice usted, don Hugo? ¡Si ese pensamiento es la quintaesencia de lo energuménico!

Don Hugo: Por eso lo decía, don Víctor, porque es algo que está empezando a calar y este hombre es tan veleta, tan sensible a la última tendencia, que le faltará tiempo para apuntarse. Ya verá usted cómo no viene a la próxima feria.

Don Víctor: Calle, don Hugo, que ya está saliendo el primer toro y la localidad de Cuenca sigue vacía.

Herrero

Don Víctor: Que no, don Hugo, que no. Que Herrero está tan vinculado a la guerra como Caballero, Escudero, Ballestero o el genérico Guerrero… y tantos otros apellidos.

Don Hugo: Eso, don Víctor, no se lo niega nadie, pero el herrero va más allá de lo bélico, empezando porque no combate y porque no sólo fabrica armas.

Don Víctor: Pero, hombre, don Hugo, en la Edad Media, poco más hacía…

Don Hugo: Yo, en cierto sentido, homologo el herrero al clérigo. Ambos son intermediarios entre el hombre y las fuerzas sobrenaturales.

Don Víctor: Menos mal que ya no estamos en la Edad Media y no le meten a usted en el horno. ¡Mire si no fueron siempre mal vistos y cuanto se desconfiaba de ellos!

Don Hugo: ¡Precisamente! Como del chamán o del brujo. ¿De dónde procede esa ciencia de transformar las piedras en metal, de alumbrar formas nuevas que remedien la desnudez del soldado, de mudar su débil piel en coraza y cota de malla, de convertir su cráneo de cáscara de huevo en yelmo, sus frágiles y blandas uñas en lanzas, estoques, dagas y mazas…?

Don Víctor: Usted mismo me está dando la razón. Si bien es cierto que el herrero domeña fuerzas telúricas, su ciencia se orienta hacia el arte de la guerra. ¿Cuál fue la tarea del primer herrero, Hefesto, sino la de armar a los Inmortales?

Don Hugo: Ya, pero no olvide que Hefesto también era inmortal. La parte diabólica del herrero, entre nosotros, nos viene de que Prometeo nos revelara aquel secreto de los dioses, el fuego. Fíjese usted, don Víctor, quiénes son herreros: los gitanos hechiceros en sus forjas, los enanos nibelungos que bullen como hormigas dentro de la tierra, los alquimistas y nigromantes en el secreto de sus sótanos, como, por otra parte, en sus laboratorios, los románticos doctores Frankestein y Jekill, jugando a ser Dios… ¡si hasta el herrero de “El huésped del sevillano” es un judío!

Don Víctor: Ya lo dice, maravillado, el hidalgo Juan Luis, contemplando la remozada espada de sus antepasados: “¡Así la quiero!”

Don Hugo y don Víctor (cantando:) Fiel espada triunfadora

                                                                Que ahora brillas en mi mano

Il maestro del brodo

Don Hugo: ¡Cómo les echamos de menos anoche en el restaurante!

Don Víctor: Ya sentimos no ir, pero el descanso me vino de perlas y esta mañana me siento como nuevo. Ni rastro de ese dolor de oídos… A ver si bajan pronto las señoras y despachamos rápidamente la prima colazione, que ardo en deseos de descubrir Palermo.

Don Hugo: No nos va a defraudar, don Víctor. Eso que, anoche, cuando salimos, ya estaba todo muy oscuro… pero a lo que iba… cenamos en “Il maestro del brodo”. Muy cálido todo y buena calidad. Esta misma noche repetimos con ustedes. Lo que nos reímos cuando llegó la hora de pagar il conto.

Don Víctor: ¿Cuántos millones de liras les pidió un maître socarrón?

Don Hugo: No, la gracia va por otro lado. Fui yo quien dio pie al chiste. Ya conoce usted el dicho de que “tutto fa brodo”,

Don Víctor: Sí, que todo vale para un caldo, que aquí se aprovecha todo.

Don Hugo: Se pagaba directamente al patrón, entronizado tras su vieja caja registradora. Yo, entonces, le dije que “Dal maestro del brodo, tutto fa un eccellente brodo”.

Don Víctor: Le proponía usted un motto para el establecimiento, ¿verdad?

Don Hugo: Efectivamente. Bien, pues el patrón queda callado, mira a la camarera, mira a Dolores, evita cruzar sus ojos con los míos, eleva los suyos al cielo y, señalándome, exclama: “Il signore è un poeta!”

Don Víctor: ¡Qué vis cómica innata y qué reflejos de ingeniosidad tan italianos!

Don Hugo: Y no vea usted qué gesto tan ampuloso, como de senador romano, cuando me señaló. Mire usted bien: ¡así!

Don Víctor: ¡Cuidado, don Hugo, que le va usted a sacar un ojo a la signorina!

Nureyev

Don Hugo: Menos mal que anoche falló el padre Letamendi y eso que habíamos organizado la cena, aprovechando su paso por Madrid.

Don Víctor: Al pobre Dupré casi le da un soponcio… pero, ¡vaya con Cuenca!

Don Hugo: ¿Será cierto que se justificó de esa manera con su mujer?

Don Víctor: Yo, en un primer momento, pensé que nos tomaba el pelo, atribuyéndose algún lance del género chico: “No me lo reproches, nena. No niego que estuviera en el lupanar, ¡pero lo hice por nosotros! Como soy tan volcánico en el amor, ¡que también me lo has reprochado!, a veces voy a desfogarme previamente para que nuestro lecho nupcial no sea víctima del cataclismo erótico… ni mayormente tú!”

Don Hugo: “Isidró, paresé usted la Carmencita desbravandosé primegó con don Gosé pagá luegó complaser a Escamilló sin daglé uná cognadá”, le dijo Dupré, llevándolo todo, como es su costumbre, al campo del hispanismo.

Don Víctor: En el fondo no le faltaba razón a Dupré. Fíjese usted lo que se dice de Rudolf Nureyev y se non è vero, è ben trovato

Don Hugo: ¿También era una fiera en esos dulcísimos trabajos de Himeneo?

Don Víctor: … que era tal su sobreabundancia de energía, que el día en que tenía función, bailaba por la mañana, prodigando los mayores excesos y locuras, hasta caer exhausto y así, a la tarde, poder dar la más justa  medida de su arte ante el público.

Don Hugo: No imagino nada más lejano a nuestro Isidro Cuenca que el arte, la mesura y la perfección.

Pienza y Neuschwansten

Don Víctor: Me imagino al rey, en lo alto de su feérico castillo, dejando vagar su mirada por un horizonte crepuscular, soñando con un inefable mundo de universal fraternidad, transportado por la música infinita que Wagner desgrana incansablemente en el piano.

Don Hugo: Muy bien lo de crepuscular porque más de una vez les darían las tantas en aquellos deliquios. ¡Vaya par de románticos que, en lugar de querer edificar a la humanidad con expresiones artísticas que obren la aparición sensible del logos, fundaron en el arrastre de la emotividad aquella quimera!

Don Víctor: ¡Que no podía ser más que musical! La música es la única que abre esa otra dimensión inabarcable. ¡Elevarnos, embarcados en la emoción!

Don Hugo: ¡Qué distinta la propuesta de Rossellino!

Don Víctor: ¿Se refiere usted a la plaza de Pienza?

Don Hugo: Efectivamente. Ese sublime trapecio que tiene por base mayor la catedral y sendos palacios convergentes a los lados: límites, medidas, planos tangibles, armonía en las proporciones… ¡la concreción de una ciudad perfecta!

Don Víctor: En definitiva, ¡todo un griego el bueno de Rossellino! y, en cambio, la vía musical tiene el peligro de la adhesión acrítica, por emocional, y a la postre sectaria.

Don Hugo: Claro, ¡si luego hicieron de Wagner todo un nacional-sindicalista!

Arte y filisteísmo

Don Hugo: “En esta tierra hay eso: / Un veterano sabor. / Veterano tiene eso”.

Don Víctor: Sí, y lo decía el tío enarbolando su bastón como si fuera una varita mágica con la que esbozaba en el aire el mapa de España.

Don Hugo: ¡Si hacía una figura como la de Mariano Medina!

Don Víctor. Una parodia que lo era también de sí mismo.

Don Hugo: Lo que se pasó haciendo toda su vida el ¡genial Dalí!

Don Víctor:  Claro, don Hugo, ¿pero por qué artistas consagrados se prestaron a algo tan vulgar como poner cara a campañas publicitarias de productos anodinos?

Don Hugo: ¿Y qué famoso se resiste a participar en un concurso tonto, una exclusiva sentimental, un reality degradante, o a que encolen su rostro agigantado en una valla publicitaria a las afueras de la ciudad, o a mentir cuando le hacen decir que su coñac preferido es uno malísimo que no probará en su vida, o incluso no se preste a protagonizar un meme que lo ridiculiza, pero que lo tiene en la boca de todos por unos días?

Don Víctor: Es verdad. Hay que aparecer todos los días. La sobreinformación a la que nos exponen entierra al más pintado y nos hace olvidarlo como no se preste a ese juego.

Don Hugo: Algo les untarán también, digo yo… Y a personas que hacen cosas tan difíciles que no están al alcance de cualquiera, les parecerá una ganga.

Don Víctor: Pero al final, ya se trate de un deportista o de un pintor, qué duda cabe que todo ello empaña, cuando no envilece, el brillo que les es propio.

Don Hugo: Me viene a la memoria aquel acróstico que el Gran Inquisidor André Breton dedicó a Salvador: AVIDA DOLLARS.

Don Víctor: La única vez que tuvo gracia.