Thanatos y Eros

Don Hugo: Ahora que se han ido ya esos hooligans con sus risotadas y sus litronas, dígame, don Víctor, ¿cree usted que el pesimismo de Sileno inspiraría a Calderón cuando afirma, por boca de Segismundo, que “el delito mayor del hombre es haber nacido”?

Don Víctor: Indudablemente. Aparte de su diálogo con el rey Midas…

Don Hugo: “La mayor felicidad para un mortal es el no nacer y, en caso de haberlo hecho, morir cuanto antes”.

Don Víctor: … la mera exhibición del racimo de uvas y cómo se tambalea, preso de la embriaguez -que tanta risa suscitaba en aquellos bárbaros- apelan a la inconsciencia y el olvido.

Don Hugo: Como aquel borracho feliz al que envidió el incauto de Agustín…

Don Víctor: … cuando aún no era santo.

Don Hugo: ¿Y Cleobis y Bitón?

Don Víctor: Tenga usted por seguro que Calderón también tuvo en cuenta el premio de su sueño eterno con que la diosa recompensó la piedad filial de aquellos buenos gemelos.

Don Hugo: Pero usted, don Víctor, que sostiene que tanto debemos a los griegos, ¿piensa que se equivocaban cuando negaban la posibilidad de ser felices?

Don Víctor: A medias, don Hugo, porque considerar sólo sus sombríos desfallecimientos, sería reducirlos a unos románticos avant la lettre.

Don Hugo: Ahí está: mitos, sueños, monstruos, fiestas dionisíacas representan la parte inconsciente, la más bestial y primitiva del ser humano, pero no olvidemos la compensación racional y lumínica que representan la filosofía, las bellas artes y las letras, la ciencia, la política, impulsos vitales en pos de la edificación del hombre y de la sociedad perfecta, por imposible que sea su culminación.

Don Víctor: Trabajo y coraje.

La última maravilla

Don Víctor: ¡Las obras completas del Tostado!

Don Hugo: ¡El Teatro Real!

Don Víctor: ¡El diccionario de la Real Academia!

Don Hugo: ¡La Atlántida, de Falla!

Don Víctor: Sí, que hasta que Halffter no le puso fin… ¡El Quijote!

Don Hugo: ¡El Canal de Isabel II!

Don Víctor: ¡Las pinturas de Sorolla para la Hispanic Society!

Don Hugo: ¡El Corpus Inscriptiorum Latinarum!

Don Víctor: ¡Ya son demasiadas “obras de El Escorial”! ¿A qué nos lleva toda esta lista?

Don Hugo: A cómo en nuestra psique se obra una transposición de lo espacial a lo temporal. Fíjese usted, don Víctor, en cómo lo grande físicamente se traduce, inconscientemente, en duradero y de larguísima gestación.

Don Víctor: A juzgar por sus planos y la escala señalada, El Escorial parecería, efectivamente, una faraónica obra de siglos, y, sin embargo, se hizo de un tirón, más deprisa que cualquiera de todas las catedrales que cabían dentro de su perímetro.

Don Hugo: Indudablemente aquel acarreo de toneladas de piedra berroqueña y lajas de pizarra, aquella proliferación de hornos de cal en las comarcas circundantes, aquel fluir de obreros y artistas, aquellos caudales ingentes invertidos en la erección de la última maravilla del mundo, indudablemente, digo, tuvieron, por fuerza, que espantar la imaginación popular y ésta atribuir a tan portentosa construcción una dimensión temporal casi geológica.

Don Víctor: Y eso, don Hugo, que en aquellos tiempos todo lo que los pobrecitos sabían de geología eran las propiedades del granito, la cal y la arena.

Imaginación y proyección

Don Víctor: ¿Incluso el propio Cocteau, tan imaginativo y hasta fantástico siempre?…

Don Hugo: ¡Incluso Cocteau! ¡Él, como todos! ¿Cómo cree, si no, que me atrevo a afirmar que desayunaba en la cama?

Don Víctor: ¡Atrevida teoría!… ¿Se basa usted en alguna indiscreción de Jean Marais?

Don Hugo: No, el propio Cocteau se delata cuando hace decir a la protagonista de su “Voz humana”, en este orden: “Hay que despertarse y comer y levantarse y lavarse”.

Don Víctor: Creo que ha dado usted en el clavo.

Don Hugo: Pero eso no es todo. En un primer momento pensé que cuando la protagonista de “La voz humana” describe a su amante, atribuyéndole que llevase la camisa arremangada, Cocteau se estaba inspirando en su amigo Picasso, a quien, por taruguico, le quedaban largas las mangas y volvía el puño sobre el jersey, según una foto que obra en mi poder.

Don Víctor: La prueba de la foto resulta irrefutable.

Don Hugo: ¡Pues no, don Víctor! Es Picasso quien imitó a Cocteau, que era tan coqueto y original, y cuyo rasgo diferencial consistía en arremangarse la camisa sobre el jersey o la chaqueta. Y es que, incluso Cocteau, se proyecta, como cualquier creador, en sus criaturas.

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que al final no hay modo de crear ex nihilo

Don Hugo: Como que yo le profeso cada vez más admiración a Dios, que no tenía ninguna tradición a la que adherirse ni la menor experiencia el pobre, y ¡fíjese usted!

Don Víctor: ¡Qué derroche de imaginación!

Don Hugo: Sí, pero en cuanto pudo, como Cocteau, se proyectó en sus criaturas, en usted y yo, y en todas las demás.

Dentro o fuera de la iglesia

Don Víctor: Lo recuerdo perfectamente. Era la compañía de zarzuelas de la CNT. Representaban “La Dolorosa”, del maestro Serrano.

Don Hugo: Pues yo creo que la primera vez que vi “Los de Aragón” fue con la otra compañía de zarzuelas, la de la UGT. Me llevó mi abuelo Hugo. Ahora uno cuenta que se veían estas cosas en el Madrid rojo de la guerra y ¿quién se lo cree?

Don Víctor: Pero, ¡a que nunca le llevaron a aquellas funciones revolucionarias del teatro Lara o  de la Zarzuela para adoctrinar al pueblo?

Don Hugo: Claro, es que aquellas obras eran insufribles, pura propaganda, y bastante tenía la gente con tanto bombardeo y tanta escasez.

Don Víctor: Todos queríamos divertirnos, tanto viejos como niños.

Don Hugo: Y melodramas que nos hicieran llorar, teñidos de sensiblería, incluso religiosa.

Don Víctor: Cuánto contrasta en esto nuestra zarzuela con las óperas italianas, sus contemporáneas, que siempre dejan aparte a la Iglesia.

Don Hugo: Con excepción de la Santuzza, que canta a la Madonna.

Don Víctor: Sí, sí, pero desde fuera de la iglesia, ¡la poveretta!, porque ha pecado con Turiddu.

Don Hugo: ¿No vería usted, don Víctor, por casualidad, una función en el teatro de la Zarzuela de “Gigantes y cabezudos”, allá por los setenta, en que se proyectaba, en el momento apropiado, la imagen de la Virgen del Pilar, y entonces el público prorrumpía en un unánime y apasionado aplauso?

Don Víctor: ¡Claro, y no era para menos!

Ambición

Don Hugo: Émulos del César se pretendían aquellos hidalgos y algunos que ni siquiera lo eran, los extremeños que conquistaron América, aunque fuera para el rey de España.

Don Víctor: También aspiró a lo mismo Napoleón desde su condición hidalga y periférica, haciendo figura de paleto entre los aristócratas de la Academia de Artillería. Y éste no sólo fue César para Francia, sino sobre todo para sí mismo.

Don Hugo: El propio Julio César, obviamente, no aspiró a ser César, sino que se miraba en Alejandro, sintiéndose menguado y trabado por su obligada e interminable carrera de honores, dada su condición patricia.

Don Víctor: Repare usted, don Hugo, en cómo, siendo él procónsul, se echó a llorar ante la estatua de Afrodita, en el templo gaditano consagrado a Hércules. Ya tenía treinta años y, a esa edad, Alejandro había conquistado el mundo.

Don Hugo: Cada uno se creyó en desventaja con respecto a su modelo, pero todos aspiraron a igualarlo…  

Don Víctor: Pues bien, incluso el propio Alejandro se lamentaba en su tiempo ante las hazañas de Filipo, su padre, porque no le iba a dejar ni una sola tierra que cobrar.

Don Hugo: Si ya era grande por nacimiento, quiso serlo más aún por sus empresas. Abominó de su fácil destino de hijo de papá.

Don Víctor: En definitiva, que más que igualar, quiso ser mayor que el padre.

Don Hugo: Claro, don Víctor, en el caso de Alejandro entró en juego el complejo de Edipo: la rivalidad con el progenitor, el deseo de vencerlo.

Don Víctor: Pero, ¿y nuestros conquistadores? Si algunos de ellos ni siquiera conocerían a su padre…

Don Hugo: Es que, como dijo Nietzsche, querían ser demasiado. Para explicarlos, el psicoanálisis se queda corto y no llega. Escuche usted cuanto dice el capitán Bernal Díaz del Castillo a este propósito: “… que ningunas escrituras que estén escritas en el mundo ni en hechos hazañosos humanos, ha habido hombres que más reinos y señoríos hayan ganado como nosotros, los verdaderos conquistadores para nuestro rey y señor”.

Don Víctor: Qué duda cabe que quisieron ser demasiado y ¡lo fueron!

Ailleurs!

Don Hugo: Tanto Javierino como Rafita, que ya están en la ESO, se me están aficionando a la ópera. No vea usted, don Víctor, las preguntas que me hacen y lo que les interesa el asunto. ¡Y la música, no digamos!

Don Víctor: ¿Ya han superado aquella fase en que aguardaban con impaciencia la puñalada de Tosca o los bastonazos de don Matías?

Don Hugo: Eso les sigue gustando mucho… A propósito de unas versiones de Kraus que les estuve poniendo el domingo, me preguntó Rafita que quién estaba en lo cierto, si Des Grieux o Alfredo.

Don Víctor: Claro, Manon no puede prescindir del lujo mientras que Violetta se muestra dispuesta a sacrificarlo todo… ¡pero es una cortesana!… ¡Elección difícil!

Don Hugo: No iba por ahí la cosa. Era sobre París. Mientras que Des Grieux promete la felicidad en cuanto lleguen a aquella capital, Alfredo invita a refugiarse en el campo.

Don Víctor: La cuestión está en dilucidar si es la ciudad o la aldea lo que garantiza mayormente la felicidad. ¿Y qué le contestó usted, don Hugo?

Don Hugo: Que cuando no nos sentimos suficientemente felices, creemos que la dicha nos aguarda en otro sitio… Ailleurs!

Don Víctor: ¡Qué majos son! (cantando:) Nous vivrons à Paris.

                                                                         À Paris tous les deux.

Don Hugo (cantando:) Parigi, o cara, noi lasceremo!

Australia

Don Víctor: Aprovechando que las señoras se nos han adelantado y no nos ven, estoy por arrodillarme y besar esta santa tierra de Australia.

Don Hugo: ¡Atiza, don Víctor! ¿A qué viene tanto entusiasmo? Ni que fuera usted el arzobispo de Canterbury.

Don Víctor: Pues porque ésta es la segunda Roma.

Don Hugo: ¡Arrea!

Don Víctor: Repare usted, don Hugo, en tantos miles de años de precauciones, cálculos, cuidados, desvelos y prevenciones respecto a la generación de nuevos seres humanos. Cómo siempre las familias, las castas, los estamentos, las jerarquías, las clases y los pueblos seleccionaron los enlaces de sangre en aras de un futuro más perfecto.

Don Hugo: Es cierto, don Víctor, y cuántas veces ello redundó en la decadencia y la degeneración de las estirpes… Sí, muy bien, pero, dígame usted, ¿qué hay de Roma en esta isla?

Don Víctor: ¿Quiénes acertaron a reunirse en torno a aquel vado del Tíber en la Roma de los orígenes sino desheredados, bastardos, salteadores, renegados y réprobos de toda laya?

Don Hugo: Sí, ¡pero bien que se buscaron a las Sabinas, buenas mujeres!

Don Víctor: Eso es un mito para ennoblecer aquellos orígenes tan bajos.

Don Hugo: Claro, ahora caigo en su afición a Australia: este país lo conformaron desterrados que no podían ser asimilados, inasequibles a los postulados civilizadores británicos.

Don Víctor: Sí, prostitutas incorregibles, delincuentes reincidentes y peligrosos, viciosos, pervertidos y demás ralea antisocial.

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿qué hace usted de rodillas, hombre de Dios?

Don Víctor: Ya me levanto. Ayúdeme, don Hugo… Un par de siglos dejando que la Naturaleza obrara su curso sin restricciones ni prejuicios, ni cálculos, ni miramientos y ¡fíjese en el espléndido país que venimos a visitar!

Don Hugo: Muy cierto, don Víctor. “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. ¡Si hasta producen cantantes de ópera y todo!… ¡especialistas en Bellini y Donizetti!

Las grandes cuestiones del espíritu

Don Víctor: Amor, muerte y trascendencia… de momento. ¿Qué le parece, don Hugo?

Don Hugo: Mire, “Muerte” no la tenía… ¿Y si añadiéramos también “Belleza” y “Conocimiento”?

Don Víctor: ¡Estupendamente! Creo que ya lo tenemos.

Don Hugo: Qué duda cabe que Amor, Muerte y Trascendencia están en todas las culturas…

Don Víctor: … pero tiene usted mucha razón al incorporar Belleza y Conocimiento.

Don Hugo: Ésa es la suerte que tenemos los herederos de los griegos. El arte que no es griego no llega nunca a emanciparse del primitivismo. Sólo los griegos recrearon la realidad de una manera fiel y a la vez idealizada.

Don Víctor: Tiene usted toda la razón. En cuanto al conocimiento, superan el mito y establecen el Logos, que es la cifra del saber científico y, por tanto, objetivo.

Don Hugo: Pero, don Víctor, vuelva usted la vista hacia el horizonte, idéntico a aquél que contemplaron los navegantes helenos. A la luz de lo que hemos hablado, ¿no le parece una imagen más elocuente y poderosa que la prolijidad de todo cuanto hemos estudiado?

Don Víctor: Claro que sí, don Hugo… pero mire, mire, ¡si está surgiendo de las aguas la diosa Afrodita!

Don Hugo: ¡Don Víctor, no me venga usted ahora con mitos!

Hacia la Edad de Oro

Don Hugo: Apártese, don Víctor., que llevo mucha prisa. ¡El futuro no espera!

Don Víctor: ¡Alto, alto, don Hugo! Aguarde, ¡que es por allí atrás!

Don Hugo: Venga conmigo, hombre, o ¿es que no ha leído usted la cita de Maurice Duverger que le envié por whatsapp? La Edad de Oro reside en el futuro.

Don Víctor: ¿La edad de Oro?… pero si ésa es la era de Cronos, antes de que reinara Zeus… ¡Eso es más antiguo que la polka!

Don Hugo: Duverger lo deja bien claro: el socialismo aspira a la consecución de la sociedad sin clases y al final de la explotación del hombre por el hombre, en definitiva a la fraternidad universal.

Don Víctor: Sí, sí, y, análogamente, atribuye al fascismo la nostalgia por rescatar el pasado feliz… ya empiezo a ver, don Hugo, por dónde va usted.

Don Hugo: Calle, calle, don Víctor. En efecto, ambos movimientos parten y acaban en el mismo mito: todo se comparte; no existe la propiedad, toda necesidad está cubierta… ¡la felicidad en la plenitud!

Don Víctor: ¡Mito! Lo ha dicho usted bien: la perfección está reñida con la realidad material y contingente… pero, entonces, don Hugo, ¿usted con qué se queda?

Don Hugo: Llevo toda la vida dándole vueltas a esta cuestión y, cuando noto que me complazco demasiado en la idealización del pasado, me viene a la mente…

Don Víctor: ¡El “Sueño y mito”, de Karl Abraham!

Don Hugo: Sí, claro, pero sobre todo aquello de Karina. Escuche (cantando:) Volver la vista atrás es bueno a veces

Don Víctor y don Hugo (cantando:) Uuu, mirar hacia delante es vivir sin temor.

Dolor

Don Víctor: ¿Estaría pensando Luis Alberto de Cuenca que el caso de la Magdalena encierra una gran mentira cuando afirmó que “el dolor no enseña nada”?

Don Hugo: El caso es que a la Magdalena aquel dolor le hizo verse bajo una luz nueva que la guió a la santidad, en lugar de abandonarse a la desesperación, como le ocurriera a Judas.

Don Víctor: Acaso Luis Alberto reaccione contra los consuelos tontos que de nada sirven sino para exasperar al doliente, y también contra la moralina de un cristianismo mal entendido por masoquista.

Don Hugo: En realidad el dolor sí enseña. A Buda me remito. Ahora bien, todo es cuestión de proporcionalidad. A partir de un cierto punto, ese dolor se vuelve insostenible y quebranta irremisiblemente todo poder de decisión. En ese caso, el dolor sólo destruye.

Don Víctor: Entonces, podemos concluir que el dolor de la Magdalena sí nos enseña.

Don Hugo: ¡Incluso el escote!